Por Angelina José
La juventud dominicana no es una promesa a futuro: es una realidad que hoy incide, transforma y exige espacios en la vida política nacional. Más que un segmento poblacional, representa una generación con capacidad de liderazgo, con visión de cambio y con un compromiso creciente con la construcción de un país más justo, moderno y participativo.
Desde el punto de vista legal, la juventud comprende a las personas entre los 18 y los 35 años, una etapa en la que se consolidan el pensamiento crítico, la vocación de servicio y la disposición de asumir responsabilidades públicas. Reconocer esto implica algo más que un discurso: implica garantizar participación real en los espacios donde se toman decisiones.
Como joven y como mujer comprometida con el servicio público, creo firmemente que la participación política de la juventud no puede ser una aspiración secundaria, sino un eje central en la construcción del país que queremos. En ese camino, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) ha dado pasos importantes.
Bajo el liderazgo del presidente Luis Abinader, hemos visto una apuesta clara y decidida por la juventud. Hoy, más que nunca, jóvenes dominicanos ocupan posiciones de relevancia en el Estado, lideran iniciativas de impacto y forman parte activa de los procesos de transformación que vive nuestro país. Esa confianza no solo abre puertas, sino que también nos compromete a responder con responsabilidad, preparación y resultados.
No obstante, es importante señalar que, si bien la legislación electoral dominicana no establece una cuota obligatoria para la juventud en la conformación de candidaturas, los estatutos internos del PRM sí han dado un paso al frente al establecer una garantía concreta de participación. En ese sentido, el Artículo 154 de los Estatutos del PRM dispone:
“Se establece que en cada organismo del Partido, para cuya integración se requiera el voto universal, así como para las candidaturas a cargos de elección popular, se tenga una representación de no menos de un diez por ciento (10%) de jóvenes cuya edad esté entre dieciocho (18) y treinta y cinco (35) años.”
Esta disposición no solo reconoce el valor de la juventud, sino que la convierte en un mandato institucional que debe ser observado y promovido en cada proceso interno y electoral del partido.
En el marco del proceso de renovación de las autoridades internas del PRM, se abre un momento decisivo que debe ser asumido con responsabilidad y visión de futuro.
Hoy más que nunca, el partido tiene el desafío de consolidar una verdadera cultura democrática interna. Esto implica garantizar procesos transparentes, participativos y, sobre todo, abiertos a la competencia real de nuevas ideas y nuevos liderazgos. La fortaleza de un partido político no reside en la permanencia de estructuras, sino en su capacidad de renovarse.
En ese sentido, es imprescindible que este proceso garantice la participación efectiva de nuevos aspirantes y liderazgos emergentes dentro de la Juventud Revolucionaria Moderna (JRM). Limitar la apertura, reducir la competencia o reproducir esquemas cerrados no solo debilita la democracia interna, sino que también desconecta al partido de la realidad de su propia base juvenil.
La juventud no busca espacios simbólicos. Busca oportunidades reales para aportar, liderar y transformar. Su mirada fresca, su sensibilidad frente a los desafíos del país y su energía transformadora resultan indispensables para la sostenibilidad de cualquier proyecto político.
Este es el momento de apostar por una renovación auténtica, que fortalezca la JRM como un espacio vivo, dinámico y representativo. Pero también es un momento que exige madurez: la unidad del partido debe prevalecer, entendiendo que la diversidad de aspiraciones no es una debilidad, sino una señal de vitalidad democrática.
La juventud dominicana está lista. Lista para asumir responsabilidades, para liderar y para construir. Pero también está consciente de que los espacios no se conceden, se conquistan.
Porque hay una verdad que no admite matices:
La juventud debe defender sus espacios, porque el poder ni se hereda ni se cede: se conquista.










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