
Por: Jorge Amado Méndez
La Iglesia Católica llegó a nuestra isla en 1492, de la mano de los españoles, y desde entonces ha sido una institución fundamental en la formación de nuestra idiosincrasia y en el desarrollo de la República Dominicana. A lo largo de nuestra historia, la Iglesia ha desempeñado un papel preponderante en la sociedad, influyendo en la educación, la política y la cultura.
Con la firma del Concordato en 1954, la Iglesia se fortalece y adquiere una serie de privilegios que le permite aumentar su influencia en la sociedad. Este acuerdo se celebró en momentos en que Trujillo necesitaba el apoyo de la Iglesia para legitimarse. A pesar de esta vergonzosa etapa en la que la Iglesia se desempeñó como aliada del régimen y mantuvo un apoyo a Trujillo, en los últimos años de la tiranía, ante las múltiples violaciones a los derechos humanos, la represión política y los crímenes cometidos, la Iglesia le retiró su apoyo y denunció ante los organismos internacionales las atrocidades que se estaban cometiendo en el país.
Mas allá de este periodo de ruptura entre gobierno e iglesia, y sin entrar en la discusión de si el Concordato ha devenido en inaplicable en alguna de sus partes, lo cierto es que la relación entre la Iglesia y el Estado siempre ha sido buena y que es conveniente mantenerla y fortalecerla.
La Iglesia ha desempañado una labor de acompañamiento determinante en la vida social y política de nuestro país. En momentos de grandes tensiones sociales, el rol de la Iglesia ha sido fundamental para el entendimiento y la paz. Su Influencia en las transformaciones sociales es indiscutible.
La Iglesia sigue siendo una de las instituciones de más credibilidad en nuestro país, manteniendo más de un 60% de la confianza de los ciudadanos, muy por encima de cualquier otra institución del Estado. De manera que los dominicanos seguimos creyendo en la Iglesia.
En estos tiempos cada vez más convulsos, caracterizados por la violencia, el irrespeto, la anarquía y la degradación moral, fortalecer los lazos entre la sociedad e Iglesia se hace imprescindible. Por esto, el Estado debe promover más la integración de la Iglesia en las escuelas, en las comunidades, en todos los sectores de la sociedad como una manera de combatir estos males y construir mayor entendimiento, justicia y paz.
En definitiva, si bien es cierto que toda obra humana es perfectible y que ninguna institución, incluyendo la Iglesia, está exenta de críticas o procesos de mejora, el balance histórico y social en la República Dominicana es innegable. El impacto positivo de su labor en la cohesión social, la educación y la paz ciudadana supera, por mucho, cualquier beneficio o privilegio otorgado mediante el Concordato. Fortalecer este vínculo no es solo un acto de gratitud histórica, sino una apuesta estratégica por la estabilidad moral y el bienestar de nuestra nación.
Recordar siempre esta frase de San Juan Pablo II, pronunciada durante su primera visita a República Dominicana en 1979, “Doy gracias a Dios por haberme permitido venir a esta tierra, donde se plantó la primera Cruz en el Nuevo Mundo y se celebró la primera Misa”.
Feliz Semana Santa. Concordato, ¡SÍ!










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