Por Dary Terrero
Corría el año 2017 cuando asumí la coordinación de la redacción digital de El Nuevo Diario. Llegaba a una nueva responsabilidad profesional, sin imaginar que aquella experiencia se convertiría en una escuela de aprendizaje permanente y, sobre todo, en una oportunidad para conocer de cerca a una mujer extraordinaria: doña Cosette.
Hablar de doña Cosette es hablar de una mujer de trato afable, de una extraordinaria sensibilidad humana y de un olfato periodístico difícil de igualar. Una mujer que hizo del periodismo mucho más que un oficio: una forma de entender la sociedad, interpretar sus acontecimientos y descubrir, detrás de cada hecho, una historia que merecía ser contada.
De ella aprendí una de las lecciones más importantes de mi ejercicio profesional: el valor de preguntar.
Porque preguntar, aunque parezca sencillo, es probablemente una de las herramientas más poderosas del periodismo. Y doña Cosette lo sabía muy bien.
Recuerdo que, en medio de las jornadas de trabajo, cuando creíamos tener una noticia suficientemente desarrollada, siempre podía surgir una pregunta suya que nos obligaba a mirar más allá de lo evidente.
Una pregunta sencilla, pero cargada de sentido periodístico. Una interrogante capaz de cambiar el enfoque de una información o de descubrir un elemento que habíamos pasado por alto.
Con el tiempo comprendí que detrás de aquella manera de preguntar había mucho más que curiosidad. Había experiencia, conocimiento, intuición y, sobre todo, un profundo respeto por la información y por quienes la reciben.
Doña Cosette me enseñó que el periodista no puede conformarse con lo que le dicen, que una declaración no necesariamente constituye toda la verdad y que detrás de cada respuesta siempre puede existir una nueva pregunta.
Aprendí que preguntar no es una señal de desconocimiento, sino una expresión de inteligencia, humildad y responsabilidad profesional.
En una profesión donde muchas veces la prisa termina imponiéndose sobre la profundidad, aquella enseñanza adquirió para mí un valor incalculable.
Pero había otra cualidad que siempre me llamó la atención: su manera de tratar a las personas.
Doña Cosette podía ser exigente con el trabajo sin perder la amabilidad. Sabía orientar, corregir y transmitir sus conocimientos sin necesidad de levantar la voz ni disminuir a quienes estaban aprendiendo.
Esa combinación de firmeza profesional y calidad humana es una virtud que no siempre encontramos en las salas de redacción.
Durante aquella etapa entendí también que el verdadero liderazgo no consiste únicamente en dirigir equipos o tomar decisiones. Consiste en formar personas, despertar inquietudes y dejar enseñanzas que permanezcan mucho después de haber terminado una jornada laboral.
Hoy, su partida deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado que trasciende mi experiencia personal y alcanza a generaciones de periodistas que han pasado por la redacción de El Nuevo Diario. Cada uno, desde su propia vivencia, habrá recibido alguna enseñanza de aquella mujer que supo combinar la visión empresarial con una profunda vocación periodística.
El éxito y posicionamiento que hoy exhibe El Nuevo Diario como medio de comunicación llevan, indiscutiblemente, su impronta. Doña Cosette fue una pionera en la apuesta por los periódicos digitales, una mujer que supo comprender la transformación del periodismo y la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos, sin renunciar al rigor y a la esencia de la profesión.
Su visión contribuyó a construir un medio que hoy ocupa un espacio importante en el ecosistema informativo dominicano. Pero quizás su mayor obra no se encuentre únicamente en el crecimiento del periódico, sino en las personas que ayudó a formar y en la cultura periodística que contribuyó a sembrar.
Hoy, cuando miro hacia atrás y repaso mi trayectoria en los medios de comunicación, reconozco que muchas de las mejores lecciones no llegaron de los libros ni de las aulas, sino de la convivencia cotidiana con personas que, como doña Cosette, dedicaron su vida al periodismo.
Y entre todas esas enseñanzas hay una que sigue acompañándome cada vez que preparo una entrevista, analizo una información o intento comprender un acontecimiento: nunca dejar de preguntar.
Porque el periodismo pierde parte de su esencia cuando deja de cuestionar, cuando acepta las respuestas sin examinarlas o cuando renuncia a buscar aquello que no resulta evidente.
Doña Cosette perteneció a esa escuela del periodismo que entiende que una buena pregunta puede tener más valor que un largo discurso.
Han pasado nueve años desde aquella experiencia de 2017, pero el tiempo no ha borrado mi gratitud ni el reconocimiento hacia quien contribuyó a enriquecer mi formación profesional.
Hay personas que pasan por nuestras vidas y otras que dejan huellas. Doña Cosette pertenece a estas últimas.
Hoy despedimos a una mujer que deja una huella profunda en el periodismo dominicano, pero también a una maestra que, sin necesidad de impartir clases, enseñó a muchos de nosotros a ser mejores periodistas.
Gracias, doña Cosette, por enseñarme que para encontrar buenas respuestas, primero hay que aprender a hacer buenas preguntas.
Y, sobre todo, gracias por recordarme que, en el periodismo y en la vida, nunca debemos perder la curiosidad ni la humildad de seguir aprendiendo.
Descanse en paz, doña Cosette. Su legado seguirá vivo en cada periodista que aprendió de usted el valor de preguntar.
