Al Minuto
Portada » ¿Las encuestas miden la opinión pública o también ayudan a construirla?

¿Las encuestas miden la opinión pública o también ayudan a construirla?

Una reflexión sobre la comunicación política en tiempos de desafección democrática

Por décadas hemos entendido las encuestas de opinión como un instrumento destinado a medir el estado de ánimo de la ciudadanía. Sus resultados orientan a gobiernos, partidos políticos, medios de comunicación, empresas y académicos sobre las preferencias y preocupaciones de una sociedad en un momento determinado. Sin embargo, la evolución de la comunicación política durante las últimas décadas obliga a formular una pregunta distinta: ¿puede una encuesta, además de medir la opinión pública, influir en la manera en que esa opinión termina formándose?

La respuesta no es sencilla y, sobre todo, no admite posiciones absolutas. Sería incorrecto afirmar que una encuesta determina por sí sola el comportamiento electoral de una sociedad. La decisión de votar —o de abstenerse— responde a múltiples factores económicos, sociales, culturales e individuales. Sin embargo, la ciencia política y la psicología cognitiva coinciden en que la información que circula de manera sistemática sí contribuye a construir los marcos mentales desde los cuales los ciudadanos interpretan la realidad política. En este sentido, las encuestas ocupan un lugar privilegiado.

De la fotografía al actor político

Walter Lippmann, en Public Opinion (1922), advertía que los ciudadanos no reaccionan directamente frente a la realidad, sino frente a las imágenes que construyen de ella. Entre los hechos y la opinión siempre existen intermediarios capaces de seleccionar, organizar y jerarquizar la información, y las encuestas forman parte de esos intermediarios.

Cuando un estudio de opinión ocupa titulares durante varios días, deja de ser únicamente una medición estadística para convertirse en un elemento más del debate político. Sus resultados son comentados por periodistas, dirigentes, estrategas, influenciadores y ciudadanos, generando una cadena de interpretaciones que termina ampliando considerablemente su impacto original. Por ello, la encuesta ya no es solamente una fotografía, sino que pasa a integrar el escenario que posteriormente será observado por los propios ciudadanos.

La agenda que construye prioridades

En 1972, Maxwell McCombs y Donald Shaw desarrollaron la teoría de la agenda-setting, demostrando que los medios de comunicación no necesariamente dicen a las personas qué pensar, pero sí influyen significativamente en sobre qué pensar. Ese mismo principio resulta perfectamente aplicable a las encuestas.

Cuando determinados indicadores son publicados de manera periódica —confianza en los partidos, percepción sobre la política, niveles de rechazo institucional, intención de voto o imagen de los líderes— esos temas adquieren una centralidad que termina organizando buena parte de la conversación pública. La encuesta, por tanto, no solo registra preocupaciones existentes, también contribuye a establecer cuáles son los asuntos políticamente relevantes.

El encuadre también comunica

Posteriormente, Shanto Iyengar profundizó estos planteamientos mediante las teorías del priming y el framing, demostrando que la forma en que se presenta una información modifica los criterios que los ciudadanos utilizan para evaluar la política. Es decir, no solamente importa el dato, también importa el contexto en el que ese dato aparece ya que una misma cifra puede ser interpretada como una señal de fortaleza, de debilidad, de incertidumbre o de crisis dependiendo del marco narrativo que la acompañe. Razón por la cual en comunicación política los números rara vez hablan solos pues siempre dialogan con una narrativa.

La desafección como fenómeno político

Quizá uno de los cambios más significativos de las democracias contemporáneas no sea el crecimiento de un partido político determinado, sino el aumento progresivo de la desafección política.

La desafección no implica necesariamente rechazo a la democracia. Significa algo más complejo: una disminución de la identificación con los partidos, menor confianza en las instituciones y una creciente percepción de que la participación política produce escasos resultados.

En ese contexto, muchas encuestas contemporáneas incorporan variables relacionadas con la confianza institucional, el rechazo a los partidos tradicionales, el crecimiento del voto independiente, la percepción negativa sobre la política o el incremento de los indecisos.

Desde el punto de vista metodológico, estas mediciones son perfectamente legítimas y aportan información valiosa sobre la evolución del sistema político.

Sin embargo, cuando estos indicadores se convierten en uno de los ejes permanentes de la comunicación política, pueden producir un efecto adicional: contribuir a consolidar una narrativa de desencanto colectivo.

No porque esa narrativa sea necesariamente falsa, sino porque la repetición sistemática de un mismo marco interpretativo fortalece su presencia en el imaginario social.

La espiral del silencio

Elisabeth Noelle-Neumann explicaba este fenómeno mediante la conocida teoría de la espiral del silencio.

Las personas tienden a expresar con mayor facilidad aquellas opiniones que perciben socialmente dominantes y, por el contrario, suelen ocultar aquellas que consideran minoritarias o socialmente aisladas y las encuestas pueden influir indirectamente en ese proceso.

Cuando determinados resultados son difundidos reiteradamente, algunos ciudadanos pueden modificar su percepción acerca de cuál es la opinión mayoritaria, alterando su disposición a expresar preferencias políticas o incluso a participar activamente en el proceso electoral.

No se trata de manipulación.

Se trata de dinámica comunicacional.

¿Puede esto afectar la participación electoral?

La literatura especializada identifica diversos efectos posibles derivados de la difusión sistemática de encuestas.

El conocido bandwagon effect describe la tendencia de algunos electores a acercarse al candidato percibido como ganador.

Existe igualmente el llamado underdog effect, donde ciertos sectores simpatizan con quien aparece rezagado.

Pero existe un tercer efecto mucho menos discutido.

Cuando el discurso público se concentra durante largos períodos en el deterioro de la confianza política, la pérdida de credibilidad institucional y el rechazo generalizado hacia los principales actores del sistema, puede fortalecerse una percepción según la cual ninguna alternativa resulta suficientemente atractiva como para justificar la participación electoral.

En esas circunstancias, la abstención deja de ser únicamente una decisión individual pues puede convertirse en una expresión colectiva de desafección.

La responsabilidad de todos los actores

Precisamente por ello, la discusión sobre las encuestas no debería centrarse exclusivamente en quién aparece primero o segundo. El verdadero desafío consiste en fortalecer la calidad del debate público.

Ello implica encuestas técnicamente sólidas, fichas metodológicas transparentes, criterios comparables entre mediciones sucesivas y una comunicación responsable de los resultados. No porque exista desconfianza hacia quienes realizan estudios de opinión.

Todo lo contrario.

Precisamente porque las encuestas han adquirido un peso extraordinario dentro de la comunicación política contemporánea, resulta indispensable preservar la confianza pública en ellas mediante los más altos estándares de transparencia metodológica.

Las democracias necesitan buenas encuestas.

Necesitan información rigurosa.

Necesitan mediciones independientes.

Pero también necesitan comprender que las encuestas ya forman parte del propio ecosistema político y comunicacional.

No son simples observadoras de la realidad.

Interactúan con ella.

La gran pregunta, entonces, no es si las encuestas influyen o no en la política. Toda información pública relevante influye, en alguna medida.

La verdadera discusión consiste en determinar cómo garantizar que esa influencia fortalezca la deliberación democrática, incentive la participación ciudadana y contribuya a una competencia electoral más informada, en lugar de profundizar el desencanto político que hoy afecta a buena parte de las democracias del mundo.

Porque, al final, una democracia no se debilita cuando sus ciudadanos opinan, sino cuando dejan de creer que vale la pena hacerlo.

Redacción Al Minuto

Redacción Al Minuto

Agregar comentario