Los hombres no traicionan sus convicciones el día que cambian de partido; las traicionan el día que permiten que la ambición sea más fuerte que la palabra empeñada.
Toda sociedad necesita líderes. Pero no cualquier tipo de líderes. Necesita hombres y mujeres con la autoridad moral suficiente para pedir la confianza de sus conciudadanos y, sobre todo, para merecerla.
El profesor Juan Bosch sostenía que quien aspira a dirigir a sus conciudadanos debe tener estatura moral. No hablaba únicamente de inteligencia, capacidad de trabajo o habilidad política. Hablaba de una condición mucho más difícil de alcanzar y mucho más fácil de perder: la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que finalmente se hace. Esa idea conserva hoy una vigencia extraordinaria.
La política no crea el carácter de las personas; simplemente lo pone a prueba. Mientras todo marcha bien abundan las palabras: compromiso, lealtad, principios y vocación de servicio. Pero cuando el poder se acerca, cuando las candidaturas se disputan y las expectativas personales chocan con los intereses colectivos, los discursos dejan de ser suficientes y aparece la verdadera naturaleza de cada dirigente. Es entonces cuando se descubre quién abrazó una causa por convicción y quién únicamente encontró en ella un vehículo para sus propias aspiraciones.
Es en ese momento cuando el transfuguismo suele presentarse como una decisión valiente, una evolución política o la consecuencia de diferencias ideológicas. En ocasiones puede responder genuinamente a un cambio de pensamiento, porque las ideas evolucionan y las personas también. La historia ofrece numerosos ejemplos de dirigentes que modificaron sus posiciones sin renunciar a sus principios. El problema surge cuando el cambio deja de responder a las convicciones y comienza a obedecer exclusivamente a la conveniencia.
Los sueños personales, por legítimos que sean, pueden convivir con una causa colectiva; lo que no deberían hacer es colocarse por encima de ella. La ambición es una fuerza necesaria cuando impulsa a servir mejor, pero se vuelve destructiva cuando se convierte en el único criterio para decidir. Es entonces cuando la política deja de ser un ejercicio de servicio para transformarse en un escenario donde afloran las contradicciones más profundas de la condición humana.
Hay quienes entienden la lealtad como una virtud condicionada por las circunstancias. Mientras todo favorece sus expectativas permanecen; cuando la realidad deja de coincidir con sus intereses encuentran razones para marcharse. Otros comprenden que la lealtad no consiste en la obediencia ciega, sino en la fidelidad a la palabra dada, a los principios libremente asumidos y a la confianza que otros depositaron en ellos. Por eso el transfuguismo no constituye, en esencia, un problema de partidos. Constituye un problema de carácter.
La palabra empeñada es el patrimonio más valioso de quien ejerce liderazgo. Las posiciones pueden perderse, las elecciones pueden ganarse o perderse y las circunstancias cambian inevitablemente. Lo único que no debería cambiar es la coherencia entre lo que se promete y lo que finalmente se hace. Cuando esa coherencia desaparece, no solo se pierde credibilidad; también comienza a erosionarse la autoridad moral para solicitar nuevamente la confianza de la ciudadanía.
Vivimos tiempos en los que la coherencia parece haberse convertido en una virtud escasa. Se cambia de discurso con la misma facilidad con que se cambia de escenario, se reescribe la propia historia para justificar el presente y se pretende convencer a la sociedad de que los principios pueden adaptarse a las conveniencias del momento. Sin embargo, la conciencia no cambia con tanta facilidad; lo que cambia es la disposición de algunos a negociar aquello que nunca debió tener precio: la dignidad.
Incluso quienes discrepan profundamente de un líder suelen terminar respetando su coherencia. El respeto no nace de compartir las mismas ideas, sino de reconocer la integridad de quien permanece fiel a ellas. El oportunismo, por el contrario, deja una pregunta inevitable: si alguien fue capaz de abandonar aquello que juró defender, ¿qué garantía existe de que mañana no hará exactamente lo mismo?
Quizá esa sea la mayor tragedia del transfuguismo. No solo hiere a quienes confiaron en una persona. También alimenta el desencanto de una ciudadanía que comienza a creer que toda convicción tiene un precio y que toda lealtad depende de las circunstancias.
Porque la democracia no se sostiene solamente sobre leyes, instituciones o procesos electorales. Descansa, sobre todo, en la credibilidad de quienes la representan. Sin confianza, las instituciones pueden seguir funcionando, pero el espíritu republicano comienza lentamente a vaciarse.
Hoy más que nunca necesitamos dirigentes con estatura moral. Personas capaces de renunciar a una posición antes que a sus principios; de perder una candidatura antes que la confianza de quienes creyeron en ellas; de comprender que el liderazgo auténtico no consiste en llegar primero, sino en llegar sin haber traicionado aquello que les dio origen.
Porque ningún cargo jamás será tan importante como para justificar la pérdida de la propia conciencia.










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